El cuento de la Ciudad de los Espejos
- Natalia MG

- 3 oct 2025
- 2 min de lectura
Actualizado: 5 oct 2025

Había una vez una ciudad de montaña, llena de colores y cantos que brotaban como agua de sus fuentes. Los niños pintaban el aire con sus risas, y los ancianos narraban historias que daban raíces al viento. Ese era el verdadero tesoro de la ciudad: un patrimonio invisible, hecho de palabras, canciones, gestos y memorias.
Pero una noche, llegaron los hombres grises. No traían armas visibles, sino relojes apagados y libretas donde anotaban deudas imaginarias. Le susurraron a la gente que ellos eran los guardianes del tesoro. Y con esa mentira levantaron un edificio de espejos, donde solo se reflejaban ellos mismos.
Los habitantes, confiados al inicio, descubrieron pronto que cada vez que uno de ellos se acercaba al edificio, algo se perdía: un recuerdo, una risa, un gesto de amor. Los hombres grises se alimentaban de ese robo. Y cuando alguien reclamaba, la respuesta era la amenaza: un dedo frío, metálico, que apuntaba y decía “silencio”.
El aire de la ciudad se fue tornando pesado, porque de cada gesto noble, los parásitos fabricaban humo. Se multiplicaban como sombras, convencidos de que el tiempo y la cultura pertenecían a ellos.
Entonces, apareció la niña del agua. Ella había heredado de su padre el don de pintar lo invisible, y de su madre el valor de alzar la voz. Recordaba un antiguo secreto: que toda construcción de humo se deshace con el soplo de la verdad.
La niña buscó en los libros viejos y encontró la Magia de los Tres Pasos:
Nombrar al enemigo sin decir su nombre.
Transformar su símbolo en ruina.
Devolver el tiempo robado al pueblo.
Así, frente al edificio de espejos, la niña dijo:—Ustedes no existen. Solo existen en el miedo que fabricaron.
En ese instante, los relojes apagados se rompieron, los espejos se llenaron de grietas, y el humo regresó sobre los hombres grises, envolviéndolos hasta que quedaron atrapados en su propia mentira. El pueblo no tuvo que pelear: el mismo artificio de los parásitos se volvió su jaula.
El tiempo volvió a correr libre. Los cantos regresaron a la plaza, y el verdadero templo —el de la memoria del pueblo— se levantó de nuevo, invisible para los ojos vanidosos, pero indestructible para siempre.
Y así quedó escrito: quien robe lo intangible, será devorado por el vacío que sembró.


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